Muro de Belén. A pesar de verlo mil veces por la pantalla, nos impactó muchísimo en directo. Kilómetros de apartheid que se combinan con tiendas de souvenirs, pues las personas palestinas que viven allá también tienen que ganarse la vida con lo que pueden. Es un muro construido para separar a la comunidad palestina, a familias enteras que tardan horas en visitar a sus parientes, cuando antes apenas tardaban diez minutos. Un muro casi el doble de alto que el Muro de Berlín.

 

 

 

Junto a Jamal Juma, de la organización PFU, visitamos las ruinas de una casa a las afueras de Jerusalén. El propietario de la casa nos cuenta que los soldados israelíes entraron a la propiedad una madrugada, avisando a la familia de que tenían que abandonar la vivienda para demolerla. Cortaron las vallas que hacían de muro y entraron con máquinas que destruyeron los recuerdos y la vida de tres generaciones. Nos dicen que esto es normal, que es su día a día, especialmente de quienes viven cerca del muro-valla. Es una lotería y una incertidumbre constante en la que viven miles de familias en los territorios ocupados.

 

 

Najla Hasan Ab Rub forma parte de una cooperativa en Deir as-Sudan. La especialidad de Hasan es el sirope de algarroba, que comercializa en el mismo pueblo o a través de la cooperativa. En la foto, ella y su marido nos enseñan el proceso para hacer sirope de algarroba en su casa.

 

 

 

 

La casa de Najla Hasan Ab Rub está rodeada de olivos y algarrobos. En la foto, nos enseña sobre el proceso de recolección y nos explica cómo es un aprendizaje que se hereda de generación en generación.

 

 

 

 

Karemeh Ahmad Ab Rub es la fundadora de la cooperativa en Deir as-Sudan, la primera creada por mujeres en la región. Es un ejemplo de liderazgo femenino al que respeta toda la comunidad. Uno de los productos que cultivan es el Zataar, que venden en los mercados de Ramallah en forma de especia o acompañando un pan típico palestino. Desde el momento en que lo probamos, nos volvimos adictas a este sabor.

 

 

 

 

De camino al Valle del Jordán, paramos para hablar con una familia de beduinos, aunque Abed Eraheen Besharat, el padre, nos dice que él es palestino. Nos cuenta que solían ir al Valle del Jordán, pero ahora no pueden moverse por la región, porque si salen de su casa (unos plásticos con hierros, pues no pueden tener otra cosa porque ya se la han derribado 32 veces), los soldados ocuparían el terreno. Vive con su mujer y dos de sus hijos. De 60 familias que vivían a finales de los noventa, ahora son apenas 16. Uno de los problemas que tiene esta comunidad es el agua cortada y vendida por los colonos. “El agua más cara del mundo”.

 

 

Los colonos israelíes colocan estos bloques en las áreas C, donde tienen el control militar. De esta manera, amenazan a las familias palestinas para que abandonen la zona, con la excusa de utilizarla para prácticas militares. Sin embargo, en la misma zona también hay asentamientos de colonos israelíes a los que no obligan a marchar, ya que, en realidad, no van a utilizar la tierra para dicho fin. Esta es una de tantas estrategias del Estado de Israel para seguir expropiando la tierra y a sus legítimos/as habitantes.

 

 

 

Junto con las integrantes de la cooperativa en Alnazlah Al-Sharqia. Un proyecto donde ya son casi 20 mujeres las que trabajan allí. Gracias a estas iniciativas, las mujeres palestinas tienen una independencia profesional, lejos del imaginario que se tiene de ellas como amas de casa sometidas a los hombres y la religión.

 

 

 

 

Text i fotografies de Marta Saiz (Brigada Palestina 2019)