Bàrbara Bailén Pérez, Brigades de Solidaritat a Palestina. Agost 2017

Cuando pienso en Palestina, algunas imágenes acuden a mi mente como si de fotografías se tratase. Una de mis favoritas es en un salón atravesado por el sol anaranjado del atardecer. Recuerdo el paisaje silencioso alrededor de la casa y nuestras conversaciones y risas rompiéndolo. Nuestras risas, las risas de las mujeres de la Qabalan Women’s Cooperative y las de las seis mujeres que viajamos en agosto de 2017 a Cisjordania con las Brigades de Solidaritat de la Associació Catalana per la Pau.

Foto: Agnès Ciurana

Recuerdo cuando llegamos a este pequeño pueblo y el contraste que supuso frente a la bulliciosa Ramallah. No puedo negar que me impresionó entrar al local de la cooperativa y descubrir una larga fila de mujeres, todas con hijab y, algunas, incluso, niqab. Viajaba a Palestina con muchas lecciones aprendidas de memoria, pero que no lograba terminar de creer, tan fuerte es el discurso racista que circula por Europa. Tras las primeras presentaciones formales, nos sentamos a comer a la mesa que muy generosamente habían preparado. Bastaron unos minutos para que poco a poco fuera rompiéndose el hielo propio de los primeros encuentros y descubrimos así que, aquellas mujeres que habían pasado por tanto -debido a la ocupación israelí, pero también a las duras circunstancias personales- eran capaces de vivir su día a día con fortaleza y humor. Tan divertidas, tan llenas de vitalidad y, sobre todo, portadoras de grandes aprendizajes de vida que compartieron con nosotras. Una fuerza y una resistencia que, a pesar de la opresión y vulneración de los derechos humanos por parte del Estado sionista, me asombró e impresionó ver en cada una de las personas que conocimos a lo largo de nuestro viaje.

Fue así como realmente comprendí y me convencí de que el velo, que tanto nos obsesiona en Occidente, se trata, en muchas ocasiones, de un asunto personal entre una mujer y su espiritualidad (aunque puede adquirir muchos otros significados). Sería irrespetuoso por mi parte negar que hay mujeres que no son libres de esta elección, obligadas por sus familiares (o por el propio Estado, en el caso de otros países) o por presión social. Pero, ¿acaso elegimos libremente nosotras, mujeres-europeas-emancipadas, cuando nos sometemos a la depilación, teñimos nuestras canas y, sin ser conscientes de ello -o aún siéndolo- nos ajustamos a los cánones de belleza impuestos por el patriarcado? O, lo que es peor, a los de comportamiento: roles aprendidos a tan temprana edad (por parte tanto de hombres como de mujeres), que ni siquiera nos percatamos de ello.

Foto: Agnès Ciurana

No quiere decir esto que debamos cruzarnos de brazos, todo lo contrario, pero las mujeres musulmanas no necesitan ser liberadas por las mujeres blancas. Pregunta Lila Abu-Lughod en un artículo que siempre me ha fascinado: “Do muslim women really need saving?”. Y sigue con otros desconcertantes interrogantes a los que, honestamente, sigo tratando de dar respuesta: “Can there be a liberation that is Islamic?”, “Is liberation even a goal for which all women or people strive?”, “Are emancipation, equality, and rights part of a universal language we must use?”, “Might other desires be more meaningful for different groups of people? Living in close families? Living in a godly way? Living without war?”.

Las mujeres árabes se ocupan de luchar por sus derechos y objetivos, respaldadas, si acaso, por las mujeres del resto del mundo. Ne me libère pas, je m’en charge, afirma aquel eslogan feminista. Igual que nosotras lo hacemos por los nuestros, apoyadas por ellas, con el mismo sentimiento de sororidad. Porque si algo me enseñó este viaje, es que, a pesar de las pequeñas variantes, resultado de los diferentes contextos político-socioculturales, finalmente, el combate contra el patriarcado es el mismo en todas las partes del mundo. El mismo que obliga a todas las mujeres a luchar doblemente.

Mujeres que estudian, trabajan, sacan adelante a sus familias y, en el caso de las palestinas (con o sin velo), luchan, además, contra la ocupación, en tanto que palestinas y en tanto que mujeres, doblemente oprimidas. Y, en el hacer frente a la opresión patriarcal (de la ocupación, de la sociedad, de los propios compañeros de lucha, de sus propias familias), desaparece la frontera entre el “ellas” y el “nosotras”. Y, por consiguiente, tampoco existe el “otro” que tanto nos empeñamos en señalar. Los mismos sentimientos y emociones compartidos, los que, aún y no entender la lengua árabe, vibraron en nosotras al escuchar estremecidas el testimonio de una mujer víctima de violencia de género. Los mismos sentimientos humanos que brotaron ante la historia de Muna que plantó cara a los soldados israelíes y sigue resistiendo, pese a que sus tierras se han visto reducidas y afectadas por la construcción del muro y destruidos, en más de una ocasión, sus campos, a los que continuó yendo diariamente, a pesar de habérselos arrebatado, el ejército israelí. Sus campos fueron cerrados, su marido fue arrestado, pero ella siguió acudiendo y mostrando valiente su presencia, día tras día. Una humanidad compartida, aunque parece que adormecida para algunos, cuando cerramos fronteras y nos negamos a acoger a personas que huyen de las situaciones más atroces. Una humanidad que renace con la hospitalidad, con los pequeños gestos de estos a los que precisamente tildamos de bárbaros, con el ejemplo más claro de resistencia por el respeto de los derechos humanos.

Es fácil condenar a los demás. Señalar con el dedo a los israelíes. Y yo apunto hacia aquellos que voluntariamente deciden ocupar un territorio. Pero apunto también hacia nosotros, hacia los países que somos cómplices con las políticas de un Estado que viola los derechos humanos y no sólo niega a los palestinos los derechos más básicos y esenciales, sino que les somete a detenciones forzadas, humillaciones, torturas e incluso la muerte, incumpliendo resoluciones y tratados internacionales. Pero, ¿qué hacemos con los israelíes que han nacido en el territorio sin haberlo elegido? ¿Les señalamos también? A los israelíes que, como cualquier ser humano, tratan de vivir su pequeña vida y de salir adelante lo mejor posible, realizándose personal y profesionalmente, enfrentándose a las obligaciones y pequeños problemas cotidianos (pagar el alquiler, estudiar, trabajar, alimentar y proporcionar una buena educación a sus hijos, etc.). ¿Les condenamos? ¿Y condenamos también cada vez que giramos el rostro al andar frente a una persona sin recursos que malvive en las calles de Barcelona? ¿O qué decir de la valla de Melilla o los CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros)?

Por supuesto, las situaciones son muy distintas, pero en todos los casos nos encontramos frente a personas que no gozan de los derechos humanos más fundamentales y a las que se les vulneran. ¿No recae sobre nosotros parte de la responsabilidad cuando no protestamos ni exigimos cambios a las políticas de nuestro gobierno? ¿Acaso nosotros estamos dispuestos a sacrificar nuestro futuro por alguien? Porque, efectivamente, en Israel, no bailar al son del Estado significa cerrarse puertas, ya que el proyecto sionista está perfectamente maquinado y estructurado. Y aún así, hay personas que se niegan a ser cómplices, aunque ello implique, por ejemplo, ir a prisión. Personas que, a pesar de la educación manipulada, del discurso del miedo y de la desinformación que ejerce su propio Estado sobre ellas, deciden mirar más allá del muro. Descubrir una realidad que, en ocasiones, desconocen e ignoran.

Foto: Agnès Ciurana

Quizá sean escasos, pero es en estos casos en los que pienso que debería ponerse más el foco -sin dejar, al mismo tiempo, de denunciar, evidentemente, la violencia que el Estado de Israel ejerce sobre el pueblo palestino y apoyar la campaña internacional de BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones)-, pues considero necesario darles más visibilidad y representatividad para que sirvan de ejemplo. Quizás así, algún día, sea posible recuperar la libertad de la que Abu Baker nos hablaba en sus campos de producción ecológica de Farkha, el pueblo del que es exalcalde y que es el resultado de su mente lúcida (que se refleja también en otros ámbitos como la educación o la igualdad) y del trabajo en comunidad. De producción completamente orgánica, sostenible y autosuficiente, sin necesidad de comprar a Israel materias primas (como en cambio se ven obligados a hacer muchos campesinos palestinos que no tienen otra opción que importar del Estado israelí materiales con además un incremento del precio por las tasas deliberadamente añadidas, lo que dificulta iniciar cualquier proyecto), esa es la libertad, si más no, un espejismo a ratos de ella, de la que Abu Baker nos hablaba con un humilde orgullo en medio de sus tierras. Otra verdad que nos fue desvelada en la luz mágica de los atardeceres palestinos.